Yo no soy tonto

Diseñar un juego de mesa con intenciones profesionales, como cualquier otra actividad artística, no tiene un punto final exacto, porque luego hay que acompañarlas un trecho por el mundo de la peregrinación en busca de una editorial, la publicidad, el mercado, y todas esas cosas comercialoides que ayudan o son necesarias para que un juego sea finalmente editado y se conozca más allá de tu círculo privado de amistades. Eso incluye viajes y giras artístico-etílico-gastronómicas en plan camino de Santiago o peregrinaciones al Rocío por jornadas, kedadas y ferias de diversa índole, donde a menudo te encuentras rodeado casi siempre de gente bastante extraña, uno normalmente se lo pasa bien (si se tiene bien claro a lo que se va a estos sitios), conoce nueva gente (alguna realmente interesante), charla con los amigos conocidos en anteriores citas, escucha la opinión de los aficionados que prueban tu juego, profesionales y demás. Pero no todo el monte es orégano. A veces pierdes demasiado tiempo explicándole al mandamás de turno que, aunque otros traguen, no estás dispuesto a dejar a la buena mano de Dios tus creaciones y que quieres ser tu mismo quien tenga un cierto control sobre las mismas. Que si has diseñado un juego pensando en un tema y con un mecanismo, por mucho que se empeñe la cabeza pensante (cerebro de mandamás) en que ambientándolo en las vacaciones otoñales en Torremolinos, y vendiéndolo en clubes de jubilados hay negocio, no vas a modificarlo ni prostituirlo. Cuestión de principios y cabezonería. Yo no paso por el aro. El juego es así, si te gusta somos bien avenidos, y sino pues siga buscando, hay miles de premios y diseñadores que estarán encantados de editar un juego por cuatro míseras pesetas (de las de antes).

No sé. A lo mejor es que peco de ingenuo, no sé nada del universo que envuelve esta industria y no sé hacer mis propias reflexiones. O simplemente que soy un reaccionario, un integrista y un cabrón. Por ejemplo, cuando me dicen que tal juego es de Reiner Knizia (el doctor) o de Wolfgang Kramer, o que el Catan es tan fundamental en la historia de la cultura de los juegos de mesa como lo fue Paul Nipkow para la invención de la caja tonta, me da la risa locuela. ¿Y a mi qué? Yo compro los juegos por sus mecánicas. No por el envoltorio (portada, diseñador, temática) y el marketing que los envuelvan. En mis modestas limitaciones, Alan R. Moon, por ejemplo, me parece sólo un diseñador aceptable (por no decir mediocre) de juegos comercialoides o chorras, y que ciertamente es un hacha juntando mecánicas de otros juegos aprovechándose de las ideas de otros; en esto también tiene un master Alex Randolph, sino que le pregunten al señor Robert Abbott que le pareció que Code 777 sea una adaptación (copia-homenaje) de su What’s That On My Head?. A esto se le llama en mi país (España) ser un jeta, pero sin embargo esta gente edita decenas de juegos bastante populares y obtienen numerosos premios de prestigio. ¿El mundo esta loco o es que yo voy a contracorriente?.

Yo si hago algo quiero que sea mío, y no compartirlo con diez personas más (del proceso de producción-distribución-venta) con las que no tengo que compartir ni sus opiniones ni sus consejos. Por eso, supongo, que no me gusta ni trabajar en grupo ni tener jefes que me soplen la oreja.

Yo quiero ser como Piero Manzoni que allá por 1961 enlató 90 latas de conserva de 5 cm de alto y un diámetro de 6,5 cm y de 90 gramos cada una, con excrementos de artistas conservados al natural. Supuso una de las críticas más radicales a la valoración de las obras de arte en función del aprecio mercantil de la firma del artista. Pero la realidad es que cada lata se vendía al peso según la cotización diaria del oro. Y todas se vendieron y ahora están supercotizadísimas (a 30.000 EUR la lata), supongo que también, porque al fermentar las heces las latas tienden a explotar, y solo quedan 2 o 3 vivas. Con esto demostró que la gente compra las cosas por quien las firma y no por su verdadero valor artístico. Lamentablemente, murió dos años más tarde sin llegar a los 30 años de edad.

Adoro el arte, pero no soporto a la gente que lo dirige y los zombies de encefalograma plano que pasan por el aro comprando lo que les malvenden, por el mero hecho de comprar la última novedad sin pararse a pensar fríamente la “mierda” que esta adquiriendo. Somos víctimas de la sociedad consumista en la que vivimos.

Hilo en la BSK:
http://www.labsk.net/index.php?topic=106848.0

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