¿No os da qué pensar?
Queremos probar todo eso y no se puede, ¿es hora de especializarse? ¿se crearán aficionados a euros, a ameris, abstractos, narrativos... y sus correspondientes mercados, tiendas y foros?
La respuesta está en el tiempo dedicado a cada juego.
En los 90, casi todos los juegos que salían eran juegos a los que poder dedicar todo tu tiempo en el hobby. Eran complejos, largos, y estaban diseñados para ser muy configurables y por tanto que pudieses cacharrear con ellos y expandirlos tú mismo por si te aburrías. De hecho, los reglamentos te animaban a ello, y algunos hasta traían cartas en blanco o secciones de sugerencias para cómo crear nuevos escenarios por tu cuenta.
El género de "monstergames" surgió en esa época. Los 4X con componente diplomático (Twilight Imperium, Machiavelli, República de Roma, Juego de Tronos) también. No era raro poder juntarte con 6 amigos para jugar algo de 6-8 horas. De hecho, si no jugabas estos juegos "a lo grande", los estabas desaprovechando porque el equilibrio entre jugadores no era óptimo.
Muchos juegos estaban pensados para poder dedicarles todo tu tiempo. Si jugabas a Battletech, Magic the Gathering o a Warhammer, no te hacía falta jugar a nada más. Las primeras ediciones de Warhammer te invitaban a crear tus propias unidades, Battletech o Car Wars traían su propio sistema de creación de vehículos y escenarios para darte rejugabilidad ilimitada.
Los primeros juegos "filler" que conocí fueron cosas como Gran Dalmitti, Munchkin o Ciudadelas, que tenían ambientaciones chorras o desenfadadas o reglas de "partygame" porque un juego corto no podías tomártelo en serio, no eran "juegos de verdad". Los juegos de verdad tenían que ser grandes, complejos e inabarcables.
Antes jugábamos tanto o más que ahora. La diferencia era que nos salía más barato y que nuestras estanterías estaban menos petadas. Porque queríamos sumergirnos dentro de uno o dos juegos, no probar tantos juegos como fuese posible.
Cuando este hobby empezó a industrializarse, para volverlo rentable fueron poco a poco haciendo cada juego más bonito pero también más vacío e insulso. Necesitaban que los juegos se te acabasen para que quisieses comprar el siguiente.
Primero nos vendieron refritos, luego reboots. En cuanto abrieron el hobby a no-jugones, la accesibilidad e inmediatez empezaron a ser muy importantes. Juntas eso con la cultura de red social moderna y los juegos se volvieron más fáciles y más rápidos de jugar. Por eso hay tantos títulos.
Pero ya estamos tocando suelo. Hace falta un mínimo de componentes y de complejidad para sostener un sistema de juego. El formato de "60 cartas y un manual por 25€" que tan rentable parece últimamente, ya no puede reducirse mucho más. No importa cuánto enfoques tus concursos de diseño a intentar hacer "juegos" con 9 cartas o con 18 cartas, llega el momento en el que con tan pocos componentes no puedes emular una idea de juego satisfactoria. Muchos minijuegos ya se sienten una actividad mecánica abstracta más que un juego. Me reconozco incapaz de intentar crear un juego temático apuntando a que tenga menos de 110 cartas, porque hay que abstraer tantas cosas y lonchafinear tanto en componentes que hay alto riesgo de que te salgo abstracto, insulso, o que se queme enseguida.
Llevo años prediciendo que el público se va a hartar de esta situación y que va a llegar un "revival" de juegos largos y complejos, que por supuesto empezarán por editoriales pequeñas y autores independientes, y empezarán a ser adoptados por gente de la vieja guardia. Dragons Down me llamó la atención precisamente por eso.