Nosotros descubrimos el Puerto Rico de casualidad alrededor del 2010. Estábamos paseando por Valencia, entramos en una tienda de frikis y vimos un juego de segunda mano que parecía divertido. El chico de la tienda nos dijo que era el mejor juego del mundo, así que lo compramos. Nuestro bagaje lúdico se limitaba al Monopoly, Parchís, Trivial, Risk y juegos de baraja española como la brisca o el cinquillo.
La primera partida fue una revelación. Nos abrió un mundo nuevo. Pocas semanas después compramos la versión con animalicos del Agricola y después el juego de cartas del Catán. Así de inocentes éramos.
Tras cuatro o cinco partidas al Puerto Rico, empezamos a notar la perniciosa relación entre los roles de cosechar y el capitán, además de dudar de si los recursos iniciales y el orden de turno estaban bien equilibrados. También nos parecía que había muy poca variedad de edificios.
A los pocos meses, dejamos de jugar a Puerto Rico. Seguimos conservándolo por nostalgia pues fue el primer juego moderno que probamos, pero no hemos jugado desde hace 15 años.
En 2014, tras un largo proceso de eliminación, compré Race for the Galaxy. En mi bendita ignorancia, lo comparaba con Dominion, Glory to Rome y 7 Wonders. En fin, locuras de juventud.
Tras jugar una partida a Race for the Galaxy, todo encajó, como en la escena final de Sospechosos Habituales. Comprendí que nunca más querría jugar a Puerto Rico porque Race for the Galaxy hacía lo mismo, con infinita más variedad, sin los problemas que habíamos detectado en Puerto Rico y en 20 minutos. ¡Y todo con simpáticos simbolicos!
Más de una década después, hemos jugado cientos de veces a Race for the Galaxy y ninguna más a Puerto Rico.
Es mi ejemplo más claro de un juego que sustituye a otro. Pero no diría que necesariamente ha envejecido mal. Los problemas que le veo ahora, y por los que seguimos sin jugar, son los mismos que ya se le veían hace 20 años.
La primera partida fue una revelación. Nos abrió un mundo nuevo. Pocas semanas después compramos la versión con animalicos del Agricola y después el juego de cartas del Catán. Así de inocentes éramos.
Tras cuatro o cinco partidas al Puerto Rico, empezamos a notar la perniciosa relación entre los roles de cosechar y el capitán, además de dudar de si los recursos iniciales y el orden de turno estaban bien equilibrados. También nos parecía que había muy poca variedad de edificios.
A los pocos meses, dejamos de jugar a Puerto Rico. Seguimos conservándolo por nostalgia pues fue el primer juego moderno que probamos, pero no hemos jugado desde hace 15 años.
En 2014, tras un largo proceso de eliminación, compré Race for the Galaxy. En mi bendita ignorancia, lo comparaba con Dominion, Glory to Rome y 7 Wonders. En fin, locuras de juventud.
Tras jugar una partida a Race for the Galaxy, todo encajó, como en la escena final de Sospechosos Habituales. Comprendí que nunca más querría jugar a Puerto Rico porque Race for the Galaxy hacía lo mismo, con infinita más variedad, sin los problemas que habíamos detectado en Puerto Rico y en 20 minutos. ¡Y todo con simpáticos simbolicos!
Más de una década después, hemos jugado cientos de veces a Race for the Galaxy y ninguna más a Puerto Rico.
Es mi ejemplo más claro de un juego que sustituye a otro. Pero no diría que necesariamente ha envejecido mal. Los problemas que le veo ahora, y por los que seguimos sin jugar, son los mismos que ya se le veían hace 20 años.