No soy cazador. Lo descubrí cuando tenía dieciséis años y maté una urraca con la carabina de aire comprimido que me habían regalado mis padres. Ver agonizar al animal me hizo comprender que la caza no era lo mío. Desde aquel día los únicos bichos que mato son insectos, y sólo si se cuelan en mi casa. No creáis que es porque tenga una naturaleza bondadosa. No, no es eso. Es porque comprobé que soy un mal tirador; que no tengo la paciencia necesaria para ser un buen cazador. Hacer sufrir a un animal por culpa de mi incompetencia con un arma es algo que me parece inmoral.
La caza en si misma no me parece mala. Nunca he apreciado demasiado las monterías de millonarios y políticos, que desde sus puestos fusilan docenas de torcaces, jabalíes o ciervos y presumen de ser cazadores. No hay ningún esfuerzo implicado en ellas. El trabajo lo hacen otros. Ellos se limitan a estar sentados esperando a las víctimas. Digamos que mi ideal de cazador es el individuo que a pie sigue la pista de la pieza, la acecha y la captura.
En los pasados días la muerte de un león de trece años en Zimbawe ha provocado un escándalo en las redes sociales. El cazador que lo mató ha sido convertido en un paria social por obra y gracia de Facebook, Twitter e Instagram. Algunos de los comentarios que he leído llegaban al extremo de llamarle asesino e incluso pedir que fuera condenado a muerte (¡!). El colectivo rasgamiento de vestiduras ha sido -es- exagerado de manera inaudita.
¿Cuántos leones se cazan en África cada año? ¿Por qué el león Cecil se ha convertido en un mártir para las masas de occidentales bienpensantes? ¿Qué le hace tan especial? Tengo la sensación de que no hay una única respuesta: la antropomorfización del animal -es Cecil, no un león-; posiblemente la necesidad de los occidentales de clase media de sentirse bien consigo mismos indignándose desde la comodidad de sus hogares; el sentirse parte de un grupo a través de la participación en un ejercicio de catarsis colectiva en el que se demoniza a un individuo que podría ser caracterizado como el epítome del "hombre blanco", y que sirve como chivo expiatorio al tiempo que permite "lavar" los "pecados" de nuestra sociedad.
Nunca dispararía a un león. Ni a ningún otro animal, salvo que fuera la única alternativa que tuviera para sobrevivir. Sin embargo, por más que lo pienso soy incapaz de sentir ninguna empatía hacia el bicho muerto. Se lo han cargado ¿Y qué? No es cómo si en Zimbabwe los leones estuvieran en peligro de extinción. Tal vez sea un desalmado, pero mi simpatía y mi indignación la reservo para otras cosas.
La caza en si misma no me parece mala. Nunca he apreciado demasiado las monterías de millonarios y políticos, que desde sus puestos fusilan docenas de torcaces, jabalíes o ciervos y presumen de ser cazadores. No hay ningún esfuerzo implicado en ellas. El trabajo lo hacen otros. Ellos se limitan a estar sentados esperando a las víctimas. Digamos que mi ideal de cazador es el individuo que a pie sigue la pista de la pieza, la acecha y la captura.
En los pasados días la muerte de un león de trece años en Zimbawe ha provocado un escándalo en las redes sociales. El cazador que lo mató ha sido convertido en un paria social por obra y gracia de Facebook, Twitter e Instagram. Algunos de los comentarios que he leído llegaban al extremo de llamarle asesino e incluso pedir que fuera condenado a muerte (¡!). El colectivo rasgamiento de vestiduras ha sido -es- exagerado de manera inaudita.
¿Cuántos leones se cazan en África cada año? ¿Por qué el león Cecil se ha convertido en un mártir para las masas de occidentales bienpensantes? ¿Qué le hace tan especial? Tengo la sensación de que no hay una única respuesta: la antropomorfización del animal -es Cecil, no un león-; posiblemente la necesidad de los occidentales de clase media de sentirse bien consigo mismos indignándose desde la comodidad de sus hogares; el sentirse parte de un grupo a través de la participación en un ejercicio de catarsis colectiva en el que se demoniza a un individuo que podría ser caracterizado como el epítome del "hombre blanco", y que sirve como chivo expiatorio al tiempo que permite "lavar" los "pecados" de nuestra sociedad.
Nunca dispararía a un león. Ni a ningún otro animal, salvo que fuera la única alternativa que tuviera para sobrevivir. Sin embargo, por más que lo pienso soy incapaz de sentir ninguna empatía hacia el bicho muerto. Se lo han cargado ¿Y qué? No es cómo si en Zimbabwe los leones estuvieran en peligro de extinción. Tal vez sea un desalmado, pero mi simpatía y mi indignación la reservo para otras cosas.


