La digitalización de juegos de mesa ya ocurrió y tuvo muchísimo éxito. Se llamaron videojuegos. Si bien tenían algunas limitaciones frente a los juegos de mesa tradicionales, también trajeron muchas grandes ventajas e innovaciones útiles y deseables que les permitieron ponerse en cabeza del entretenimiento moderno.
Estos híbridos de juego de mesa y videojuego, sin embargo, heredan las peores características combinadas de los juegos de mesa y los videojuegos. Nunca van a ser mejor que jugar a un juego de mesa puro, o a un videojuego puro. Son una involución del género, una solución a un problema inexistente, y salvo algunas ventas iniciales debidas a hype o tecnofilia desenfrenada, están destinados a fracasar.
Si nuestro hobby no se hubiese convertido en un pozo ultraconsumista en el que la necesidad de márketing diferenciador obliga a las empresas a adoptar sofisticaciones cada vez más ridículas, esto ni se plantearía.
Estos híbridos de juego de mesa y videojuego, sin embargo, heredan las peores características combinadas de los juegos de mesa y los videojuegos. Nunca van a ser mejor que jugar a un juego de mesa puro, o a un videojuego puro. Son una involución del género, una solución a un problema inexistente, y salvo algunas ventas iniciales debidas a hype o tecnofilia desenfrenada, están destinados a fracasar.
Si nuestro hobby no se hubiese convertido en un pozo ultraconsumista en el que la necesidad de márketing diferenciador obliga a las empresas a adoptar sofisticaciones cada vez más ridículas, esto ni se plantearía.
