Yo no suelo hablar de juegos buenos o malos, sino de juegos que me gustan y juegos que no me gustan, y estas sensaciones muchas veces vienen más motivadas por mis propias preferencias en cuanto a mecánicas, escala o época que por los méritos o deméritos de los juegos en sí. De hecho, si un juego no se ajusta a mis gustos es improbable que le dé una segunda partida, así que muy difícilmente puedo tener razones fundamentadas para decir que es malo. Entiendo que hay expertos que con sólo leer las reglas, desplegar el juego, o jugar media partida o una partida con un bando ya saben si un juego es bueno o malo, si está equilibrado o desequilibrado. Yo a lo más que llego es a saber si me gusta o no, y además entiendo que puedo ser víctima de un prejuicio.
También creo que hay cierto cuñadismo en muchas críticas a los juegos de guerra que no es exclusivo a estos, sino que se aplica a las críticas a los juegos de mesa en general y seguramente a muchos otros ámbitos. Este cuñadismo se identifica fácilmente: críticas a juegos motivadas por las filias y fobias a los diseñadores y a las editoriales, sin entrar a valorar los méritos o deméritos de los juegos; opiniones jocosamente radicales sobre la calidad de un juego ("es un mojón", o "es jugaken") y, sobre todo, sentencias contundentes basadas en evidencia anecdótica.
En estos casos me acuerdo de mis juegos favoritos de la vieja NAC: El día más largo, Napoleón en Waterloo, Objetivo Moscú o El último puente. Si no los conociera y los comprara hoy, seguramente diría que no hay por dónde meterles mano. Sin embargo, a mi yo de 12 a 18 años le dieron muchas horas de diversión y sembraron la semilla del amor a la historia y a los juegos de simulación histórica. ¿Son entonces malos juegos? Pues seguramente, pero ya quisieran muchos juegos modernos, incluyendo los míos, tener la influencia y el éxito que tuvieron aquellos.
Y por otro lado pienso en los OCS. Yo probé uno de ellos y no me gustó. ¿Significa eso que sean malos juegos? Por supuesto que no. Para empezar, no tengo suficiente experiencia de ellos como para afirmarlo, pero en segundo lugar soy consciente de que mi opinión puede deberse a que no se ajustan a lo que a mí me gusta en un juego de guerra. Y no pasa nada. La culpa no es del sistema y yo entiendo que a mucha gente les parezcan el summum de los juegos de guerra. Del mismo modo también espero que esta misma gente entienda que a mí no me hacen tilín. Y tampoco pasa nada
También creo que hay cierto cuñadismo en muchas críticas a los juegos de guerra que no es exclusivo a estos, sino que se aplica a las críticas a los juegos de mesa en general y seguramente a muchos otros ámbitos. Este cuñadismo se identifica fácilmente: críticas a juegos motivadas por las filias y fobias a los diseñadores y a las editoriales, sin entrar a valorar los méritos o deméritos de los juegos; opiniones jocosamente radicales sobre la calidad de un juego ("es un mojón", o "es jugaken") y, sobre todo, sentencias contundentes basadas en evidencia anecdótica.
En estos casos me acuerdo de mis juegos favoritos de la vieja NAC: El día más largo, Napoleón en Waterloo, Objetivo Moscú o El último puente. Si no los conociera y los comprara hoy, seguramente diría que no hay por dónde meterles mano. Sin embargo, a mi yo de 12 a 18 años le dieron muchas horas de diversión y sembraron la semilla del amor a la historia y a los juegos de simulación histórica. ¿Son entonces malos juegos? Pues seguramente, pero ya quisieran muchos juegos modernos, incluyendo los míos, tener la influencia y el éxito que tuvieron aquellos.
Y por otro lado pienso en los OCS. Yo probé uno de ellos y no me gustó. ¿Significa eso que sean malos juegos? Por supuesto que no. Para empezar, no tengo suficiente experiencia de ellos como para afirmarlo, pero en segundo lugar soy consciente de que mi opinión puede deberse a que no se ajustan a lo que a mí me gusta en un juego de guerra. Y no pasa nada. La culpa no es del sistema y yo entiendo que a mucha gente les parezcan el summum de los juegos de guerra. Del mismo modo también espero que esta misma gente entienda que a mí no me hacen tilín. Y tampoco pasa nada
