DESPLIEGUE DE LAS PRIMERAS UNIDADES GRANDES
Durante los últimos meses tanto nacionales como republicanos han movilizado nuevas quintas para reforzar y ampliar sus ejércitos, y a lo largo del Invierno llevan a cabo una intensa tarea organizativa para encuadrar sus respectivas fuerzas en brigadas, divisiones y cuerpos de ejército, grandes unidades capaces de llevar a cabo operaciones militares de mayor envergadura.
Son ya varios los cientos de miles de hombres que combaten en cada lado, y la guerra de columnas de los primeros meses da paso a un conflicto más convencional, en el que los dos contendientes son conscientes de que vencer no será tarea fácil ni rápida, y que al enfrentamiento militar propiamente dicho se le añaden otras batallas: movilización eficaz de los recursos propios, ayuda extranjera, política, propaganda…
Los jefes militares distribuyen sus fuerzas a lo largo de la extensa línea de frente siguiendo sus planes estratégicos, pero también tratando de responder a las posibles amenazas enemigas.
Los nacionales concentran la mitad de sus grandes unidades en el Frente Norte republicano, con la intención aparente de atacar ese aislado reducto republicano y conquistar sus importantísimos recursos industriales y mineros. También concentran importantes fuerzas a lo largo del frente aragonés, protegiendo sus tres capitales, y no se olvidan del frente andaluz. Por el momento dejan escasas guarniciones a lo largo del amplio frente castellano y extremeño, confiando en que sean capaces de resistir cualquier intentona enemiga hasta la movilización de más refuerzos.
Los republicanos despliegan la totalidad de las fuerzas que son capaces de movilizar en el Frente Norte, pero su potencial se ve restringido por el retraso en la militarización de las milicias, la desorganización y la incapacidad de las regiones para cooperar entre ellas de forma eficaz. En respuesta al despliegue enemigo cubren los frentes de Aragón y Andalucía Oriental, quedando un cuerpo de ejército para cubrir Madrid, sin una fuerza equivalente enfrente, lo que en principio ofrece alguna oportunidad de atacar con garantías en esa zona.
El paréntesis invernal da paso a una Primavera llena de esperanzas e ilusiones, si bien los republicanos son conscientes de que su maquinaria de guerra aún dista mucho de estar afinada, y los nacionales saben de que deben aprovechar su superioridad cualitativa para lograr victorias antes de que su oponente sea capaz de plantarles cara.
Durante los últimos meses tanto nacionales como republicanos han movilizado nuevas quintas para reforzar y ampliar sus ejércitos, y a lo largo del Invierno llevan a cabo una intensa tarea organizativa para encuadrar sus respectivas fuerzas en brigadas, divisiones y cuerpos de ejército, grandes unidades capaces de llevar a cabo operaciones militares de mayor envergadura.
Son ya varios los cientos de miles de hombres que combaten en cada lado, y la guerra de columnas de los primeros meses da paso a un conflicto más convencional, en el que los dos contendientes son conscientes de que vencer no será tarea fácil ni rápida, y que al enfrentamiento militar propiamente dicho se le añaden otras batallas: movilización eficaz de los recursos propios, ayuda extranjera, política, propaganda…
Los jefes militares distribuyen sus fuerzas a lo largo de la extensa línea de frente siguiendo sus planes estratégicos, pero también tratando de responder a las posibles amenazas enemigas.
Los nacionales concentran la mitad de sus grandes unidades en el Frente Norte republicano, con la intención aparente de atacar ese aislado reducto republicano y conquistar sus importantísimos recursos industriales y mineros. También concentran importantes fuerzas a lo largo del frente aragonés, protegiendo sus tres capitales, y no se olvidan del frente andaluz. Por el momento dejan escasas guarniciones a lo largo del amplio frente castellano y extremeño, confiando en que sean capaces de resistir cualquier intentona enemiga hasta la movilización de más refuerzos.
Los republicanos despliegan la totalidad de las fuerzas que son capaces de movilizar en el Frente Norte, pero su potencial se ve restringido por el retraso en la militarización de las milicias, la desorganización y la incapacidad de las regiones para cooperar entre ellas de forma eficaz. En respuesta al despliegue enemigo cubren los frentes de Aragón y Andalucía Oriental, quedando un cuerpo de ejército para cubrir Madrid, sin una fuerza equivalente enfrente, lo que en principio ofrece alguna oportunidad de atacar con garantías en esa zona.
El paréntesis invernal da paso a una Primavera llena de esperanzas e ilusiones, si bien los republicanos son conscientes de que su maquinaria de guerra aún dista mucho de estar afinada, y los nacionales saben de que deben aprovechar su superioridad cualitativa para lograr victorias antes de que su oponente sea capaz de plantarles cara.




