Compañeros cofrades, sabrán ustedes disculparme la libertad que a continuación me tomaré sincerándome con ustedes. Pero si me escuchan con atención sabrán por qué debo permitirme este momento de debilidad.
Cuando volví de Vietnam, y tras un par de años sabáticos vagando por la costa este, me dediqué a terminar mis estudios de abogado, especializándome en derecho laboral y penal. Al finalizar la carrera, y por mediación de unos amigos de mi padre, entré a formar parte de un prestigioso bufete. Pero sólo me asignaban casos perdidos de antemano y los que les correspondían de oficio. Supongo que para curtirme y foguearme, aunque quizá lo hicieran para que marchara de la firma motu proprio. Recuerdo perfectamente uno de aquellos casos que siempre me caían, cuando ya llevaba tiempo mirando casi con desesperación la sección de ofertas laborales del New York Times… Como para no recordarlo, pues supuso un antes y un después en la consideración que despertaba en mis jefes. Era un martes cuando encontré en mi taquilla un escueto dossier al que acompañaba una nota manuscrita en la que se me pedía que tratara de atenuar algo la condena que le iba a caer a un mercachifle oriental. Aún guardo memoria de su nombre: Choi Prin Gao; coreano para más señas. Desde el principio me había propuesto guardar las distancias profesionales con mis clientes, pero aquel amarillo (recuerden que venía de Vietnam), por algún motivo que nunca me he explicado, me cayó simpático a primera vista y traté de hacer algo por él; de hacerlo de verdad, quiero decir. Lo cierto es que el tipo lo tenía muy negro, pues le habían atrapado en pleno mercado vendiendo comida en pésimo estado. Delito contra la salud pública, y como bien saben sus señorías, eso aquí, en los USA, y además siendo extranjero sin los papeles en regla, supone una severa condena, o peor aún: la deportación. La cosa es que trabé amistad con él y en una de mis visitas al penal donde se alojaba por aquellos días me participó un secreto: tenía amigos que podrían pagar espléndidamente mis desvelos, pero se requería de mí que hiciera una serie de esfuerzos discrecionales que a un abogaducho como yo era en aquellos momentos le acarrearían la retirada de la licencia de por vida para ejercer en todos los estados de la Unión; eso después de salir de presidio, lógicamente. No entraba en mis planes volver a comer el rancho del Tío Sam, y menos entre ventanas enrejadas, pero decidí jugármela porque de aquella gastaba más suelas pateando juzgados de mala muerte de las que me podía pagar con el mísero sueldo con el que decían que pagaban mis servicios. El caso es que tuve que amañar permisos de residencia y colarle el muerto a un honrado comerciante presentando facturas falsas de la compra de todas aquellas viandas en mal estado en la mañana del día de autos. Creo que allí fue cuando me di cuenta de que siendo honrado no iba a llegar a ninguna parte… pero divago, ustedes me sabrán excusar. El caso es que Choi Prin Gao salió de la trena mejor de lo que entró. Con un permiso de residencia en regla que sus amigos no habían sabido gestionar por miedo a confesarse al hombre equivocado, y con una indemnización del gobierno americano por las molestias ocasionadas. Aquel oriental me pagó lo acordado y me dio las gracias de una manera que nunca he olvidado: "estoy en deuda con usted, pero sé que alguna vez recurrirá a mí en busca de información y yo estaré en disposición de brindársela". No sé si tenía una bola de cristal o si lo había leído en la Ouija, pero el caso es que después de todos estos años he reconocido a Choi Prin Gao bajo otra apariencia, la del señor Liang Yong, propietario de la galería de arte Aquamarina de Nueva York.
Voy a citarle en el despacho que aún tengo en el bufete (3), y que la firma me reserva con gran orgullo por su parte al pertenecer a un congresista de los Estados Unidos de América, y le voy a pedir al señor Prin Gao… disculpen, al señor Yong, que me cuente todo lo que sepa sobre los motivos que llevaron a Piero Maccarone a invocar al Innombrable y a sus diabólicos seres. Además, y para que no crea su deuda saldada, le voy a volver a ofrecer mis servicios para quitarle de encima la… digamos calumnia (si es que me lo propongo) que recae sobre él por terrorismo y pertenencia a banda armada. Si no accede, me temo que me veré en la obligación de poner en conocimiento de mi país que se trata de uno de los terroristas más buscados por ser el cerebro de una de las células islámicas más brutales y sanguinarias que existen en el sudeste asiático. En Malasia concretamente, dado que el Islam es la religión oficial de aquel país. Me llevará un tiempo pero él sabe que podré hacerme con las pruebas necesarias que le volverán a hospedar de por vida en régimen de pensión completa por cuenta del Estado, y esta vez en un presidio de máxima seguridad. Eso si no consigo que se le condene a la pena capital. Turbio es mi segundo apellido.
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Cuando volví de Vietnam, y tras un par de años sabáticos vagando por la costa este, me dediqué a terminar mis estudios de abogado, especializándome en derecho laboral y penal. Al finalizar la carrera, y por mediación de unos amigos de mi padre, entré a formar parte de un prestigioso bufete. Pero sólo me asignaban casos perdidos de antemano y los que les correspondían de oficio. Supongo que para curtirme y foguearme, aunque quizá lo hicieran para que marchara de la firma motu proprio. Recuerdo perfectamente uno de aquellos casos que siempre me caían, cuando ya llevaba tiempo mirando casi con desesperación la sección de ofertas laborales del New York Times… Como para no recordarlo, pues supuso un antes y un después en la consideración que despertaba en mis jefes. Era un martes cuando encontré en mi taquilla un escueto dossier al que acompañaba una nota manuscrita en la que se me pedía que tratara de atenuar algo la condena que le iba a caer a un mercachifle oriental. Aún guardo memoria de su nombre: Choi Prin Gao; coreano para más señas. Desde el principio me había propuesto guardar las distancias profesionales con mis clientes, pero aquel amarillo (recuerden que venía de Vietnam), por algún motivo que nunca me he explicado, me cayó simpático a primera vista y traté de hacer algo por él; de hacerlo de verdad, quiero decir. Lo cierto es que el tipo lo tenía muy negro, pues le habían atrapado en pleno mercado vendiendo comida en pésimo estado. Delito contra la salud pública, y como bien saben sus señorías, eso aquí, en los USA, y además siendo extranjero sin los papeles en regla, supone una severa condena, o peor aún: la deportación. La cosa es que trabé amistad con él y en una de mis visitas al penal donde se alojaba por aquellos días me participó un secreto: tenía amigos que podrían pagar espléndidamente mis desvelos, pero se requería de mí que hiciera una serie de esfuerzos discrecionales que a un abogaducho como yo era en aquellos momentos le acarrearían la retirada de la licencia de por vida para ejercer en todos los estados de la Unión; eso después de salir de presidio, lógicamente. No entraba en mis planes volver a comer el rancho del Tío Sam, y menos entre ventanas enrejadas, pero decidí jugármela porque de aquella gastaba más suelas pateando juzgados de mala muerte de las que me podía pagar con el mísero sueldo con el que decían que pagaban mis servicios. El caso es que tuve que amañar permisos de residencia y colarle el muerto a un honrado comerciante presentando facturas falsas de la compra de todas aquellas viandas en mal estado en la mañana del día de autos. Creo que allí fue cuando me di cuenta de que siendo honrado no iba a llegar a ninguna parte… pero divago, ustedes me sabrán excusar. El caso es que Choi Prin Gao salió de la trena mejor de lo que entró. Con un permiso de residencia en regla que sus amigos no habían sabido gestionar por miedo a confesarse al hombre equivocado, y con una indemnización del gobierno americano por las molestias ocasionadas. Aquel oriental me pagó lo acordado y me dio las gracias de una manera que nunca he olvidado: "estoy en deuda con usted, pero sé que alguna vez recurrirá a mí en busca de información y yo estaré en disposición de brindársela". No sé si tenía una bola de cristal o si lo había leído en la Ouija, pero el caso es que después de todos estos años he reconocido a Choi Prin Gao bajo otra apariencia, la del señor Liang Yong, propietario de la galería de arte Aquamarina de Nueva York.
Voy a citarle en el despacho que aún tengo en el bufete (3), y que la firma me reserva con gran orgullo por su parte al pertenecer a un congresista de los Estados Unidos de América, y le voy a pedir al señor Prin Gao… disculpen, al señor Yong, que me cuente todo lo que sepa sobre los motivos que llevaron a Piero Maccarone a invocar al Innombrable y a sus diabólicos seres. Además, y para que no crea su deuda saldada, le voy a volver a ofrecer mis servicios para quitarle de encima la… digamos calumnia (si es que me lo propongo) que recae sobre él por terrorismo y pertenencia a banda armada. Si no accede, me temo que me veré en la obligación de poner en conocimiento de mi país que se trata de uno de los terroristas más buscados por ser el cerebro de una de las células islámicas más brutales y sanguinarias que existen en el sudeste asiático. En Malasia concretamente, dado que el Islam es la religión oficial de aquel país. Me llevará un tiempo pero él sabe que podré hacerme con las pruebas necesarias que le volverán a hospedar de por vida en régimen de pensión completa por cuenta del Estado, y esta vez en un presidio de máxima seguridad. Eso si no consigo que se le condene a la pena capital. Turbio es mi segundo apellido.
Cita de: Wkr en 01 de Octubre de 2015, 22:21:07((Espero que esta moto sea del color, marca y cilindrada que te gustan,
Usad un poco la lógica, o en su defecto, intentad venderme la moto.
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