@tinocasals, más interesante que el hecho de que las mujeres se sientan cómodas con la postura de piernas cruzadas por una mera cuestión física o anatómica, es el hecho de sentirse cómodas con esa manera de sentarse en tanto forma de expresar feminidad. Yo no creo que, en general, se les imponga a las mujeres o a las niñas cómo deben sentarse, como decía Antonio. Mis padres son una generación de los años 40, y no recuerdo que nunca le hayan dicho nada a mis hermanas al respecto. Más bien es algo que se elige libremente, que se imita con el fin de dejar claro que se pertenece a un sexo. Usando la expresión queer , cada uno performa su género, como una forma de reafirmar su sexo y decir: "soy hombre", o "soy mujer". Aunque hay una diferencia natural de los sexos que garantiza la atracción sexual (y con ello la perpetuación de la especie), no nos basta con eso, sino que la cultura viene a reforzar esa diferencia mediante un código simbólico de usos y costumbres en la ropa, calzado, gestos, etc, que contribuyen a que el mutuo atractivo sea aún mayor. Es normal que en todas las culturas se celebre la diferencia sexual, ya que es lo que hace que los grupos humanos se perpetúen. Lo curioso del asunto es que estos símbolos no son completamente arbitrarios. Por ejemplo, las formas suntuosas y estilizadas de un zapato de tacón guardan relación con el ideal del cuerpo femenino, donde predominan las curvas, o en el caso de la forma de sentarse, el cruzarse de piernas a la "manera femenina" guarda relación con el hecho ya mencionado de la internalidad de los genitales.
El único problema con esto son los casos en los que el sexo es ambiguo, es decir, personas que siendo anatómicamente hombres, son psicológicamente más femeninos, y a la inversa. Es en estos casos donde puede sentirse una presión por el modelo binario que la cultura ha ido formando. Y aquí es donde topamos con el feminismo. Gran parte de las teóricas y del núcleo más duro del feminismo son mujeres de una marcada masculinidad, y en general, la proporción de lesbianas dentro de las feministas es mucho mayor que en la población femenina total. Es perfectamente lógico que así sea, porque quien no se ha sentido muy cómoda en la piel de mujer es quien más ha podido sentir la presión por lo que se espera de una mujer, y con mayor motivo ha podido criticarlo. Pero esta condición particular no puede articularse para decidir lo que es bueno o malo para las mujeres. Muchas veces, las feministas no pueden entender la feminidad, al no sentirla como propia, e incluso rechazándola en sí mismas (a pesar de que una "butch" se suele sentir atraída por una "femme"). No pueden entender que muchas mujeres se sientan cómodas con formas que expresan debilidad, que les atraigan los "malotes", que se sientan bien si son folladas salvajemente por un hombre, que la violación sea una fantasía sexual frecuente en ellas, y a menudo buscan explicaciones en una supuesta dominación masculina, ya que de ningún modo pueden entenderlo como expresión de libertad conforme a la propia naturaleza femenina. Como decía Ortega y Gasset, la mujer (femenina) es feliz sintiéndose débil, pero es algo que ocurre solo en el ámbito de la relación con el otro sexo (no necesariamente biológico), y no en tanto individuo con su propio carácter. Basta con pensar, por ejemplo, en que es fácil imaginar o recordar a una pareja joven en actitud cariñosa, en la que ella está sentada sobre las rodillas de él, como si fuese una niña, y en cambio, la situación inversa resulta impensable. Y dado que lo que somos en tanto seres sexuados se debe en parte al deseo del sexo opuesto (a lo largo de la evolución hemos seleccionado los rasgos más atractivos), de nuestro lado tenemos que reconocer que esta debilidad femenina es para nosotros uno de los principales atractivos de lo femenino, junto con la mayor delicadeza, etc. El cuerpo femenino desnudo, con su ausencia de vello, su suavidad, sus formas, nos incita a actuar sobre él, a tocarlo, follarlo, incluso con cierta violencia, cosa quizá relacionada con la testosterona. Sólo el mero acto del coito ya divide en fuerte/débil.
El único problema con esto son los casos en los que el sexo es ambiguo, es decir, personas que siendo anatómicamente hombres, son psicológicamente más femeninos, y a la inversa. Es en estos casos donde puede sentirse una presión por el modelo binario que la cultura ha ido formando. Y aquí es donde topamos con el feminismo. Gran parte de las teóricas y del núcleo más duro del feminismo son mujeres de una marcada masculinidad, y en general, la proporción de lesbianas dentro de las feministas es mucho mayor que en la población femenina total. Es perfectamente lógico que así sea, porque quien no se ha sentido muy cómoda en la piel de mujer es quien más ha podido sentir la presión por lo que se espera de una mujer, y con mayor motivo ha podido criticarlo. Pero esta condición particular no puede articularse para decidir lo que es bueno o malo para las mujeres. Muchas veces, las feministas no pueden entender la feminidad, al no sentirla como propia, e incluso rechazándola en sí mismas (a pesar de que una "butch" se suele sentir atraída por una "femme"). No pueden entender que muchas mujeres se sientan cómodas con formas que expresan debilidad, que les atraigan los "malotes", que se sientan bien si son folladas salvajemente por un hombre, que la violación sea una fantasía sexual frecuente en ellas, y a menudo buscan explicaciones en una supuesta dominación masculina, ya que de ningún modo pueden entenderlo como expresión de libertad conforme a la propia naturaleza femenina. Como decía Ortega y Gasset, la mujer (femenina) es feliz sintiéndose débil, pero es algo que ocurre solo en el ámbito de la relación con el otro sexo (no necesariamente biológico), y no en tanto individuo con su propio carácter. Basta con pensar, por ejemplo, en que es fácil imaginar o recordar a una pareja joven en actitud cariñosa, en la que ella está sentada sobre las rodillas de él, como si fuese una niña, y en cambio, la situación inversa resulta impensable. Y dado que lo que somos en tanto seres sexuados se debe en parte al deseo del sexo opuesto (a lo largo de la evolución hemos seleccionado los rasgos más atractivos), de nuestro lado tenemos que reconocer que esta debilidad femenina es para nosotros uno de los principales atractivos de lo femenino, junto con la mayor delicadeza, etc. El cuerpo femenino desnudo, con su ausencia de vello, su suavidad, sus formas, nos incita a actuar sobre él, a tocarlo, follarlo, incluso con cierta violencia, cosa quizá relacionada con la testosterona. Sólo el mero acto del coito ya divide en fuerte/débil.
La realidad es que abrirse de piernas hasta el punto de avasallar al de al lado es más bien raro. Pongamos que de media ocurre 1 o 2 veces en un mismo instante en el metro. Las probabilidades de que el que está al lado sea hombre o mujer son prácticamente el 50%.