Dentro de unos cuantos lustros, se estudiará con asombro el suicidio industrial de los países occidentales a finales del s. XX que convirtió a China en la fábrica del mundo.
Tras superar el sofoco, intentarán comprender cómo toda la progresía mundial se opuso a recuperar la industria en los países de origen simplemente porque el propulsor de dicha idea era un señor muy malo que compartía nombre con un pato de dibujos animados.
Por último, se creará un nuevo récord Guinnes de hipocresía para los profetas del cambio climático, la huella de carbono y el comercio local que quisieron terminar con tecnología barata y eficiente, pero contaminante, y sustituirla por alternativas caras pero limpias y que sin embargo son incapaces de asumir juegos de mesa más caros para evitar que las piezas tengan que viajar 15.000 km por siete mares antes de asentarse en la estantería de la FNAC.
Y mientras tanto, seguiremos disfrutando de parones en el comercio mundial provocados por un barco atascado en el Canal de Suez, de juegos que no se pueden fabricar porque a China no le gustan, de aumentos inesperados de precios debidos a aranceles por no fabricar localmente y de proyectos de crowfunding cuyos costes de envío superan a los del propio proyecto y encima llegan con años de retraso.
Tras superar el sofoco, intentarán comprender cómo toda la progresía mundial se opuso a recuperar la industria en los países de origen simplemente porque el propulsor de dicha idea era un señor muy malo que compartía nombre con un pato de dibujos animados.
Por último, se creará un nuevo récord Guinnes de hipocresía para los profetas del cambio climático, la huella de carbono y el comercio local que quisieron terminar con tecnología barata y eficiente, pero contaminante, y sustituirla por alternativas caras pero limpias y que sin embargo son incapaces de asumir juegos de mesa más caros para evitar que las piezas tengan que viajar 15.000 km por siete mares antes de asentarse en la estantería de la FNAC.
Y mientras tanto, seguiremos disfrutando de parones en el comercio mundial provocados por un barco atascado en el Canal de Suez, de juegos que no se pueden fabricar porque a China no le gustan, de aumentos inesperados de precios debidos a aranceles por no fabricar localmente y de proyectos de crowfunding cuyos costes de envío superan a los del propio proyecto y encima llegan con años de retraso.