Distopia: Creer en lo Imposible (III)

Experimento Tuskegee

EXPERIMENTOS EN HUMANOS

No hay mejor trasfondo que una Conspiración. Puedes adoptar entonces, por ejemplo, que los triplehexas son el resultado de algún tipo de experimento científico por parte del gobierno, centro de investigación o grupo farmacéutico. Gran parte de esos experimentos se han llevado a cabo tras la implantación en 1947 del ‘Código de Nuremberg’, una serie de normas que se aprobaron para proteger a los seres humanos de cualquier clase de experimento éticamente intolerable. Pero muchos científicos, la mayoría estadounidenses, rusos o chinos, no se dieron por aludidos por el código, ya que argumentaban que éste había sido aprobado para evitar las atrocidades nazis y no sus estudios.

A lo largo de décadas soldados, prisioneros y enfermos mentales, ciudadanos de poblaciones reducidas normalmente de latinos, negros o blancos pobres, e incluso poblaciones con mayor densidad, han sido expuestas por científicos sin escrúpulos a gas mostaza, gas nervioso como el sarín, radiación de iones, psicoquímicos, enfermedades inoculadas como la sífilis o la malaria, alucinógenos, drogas psicodélicas, agentes paralizantes y fármacos experimentales. Todo por el bien en avance de la ciencia.

Para muchos de estos experimentos las propias industrias farmacéuticas han estado utilizando presos para la realización de sus estudios y experimentos biomédicos en prisiones estatales, literalmente porque “los presos eran más baratos que los chimpancés”.

También se sucedieron decenas de experimentos sociológicos para estudiar el comportamiento del ser humano.

Cabe mencionar los de Milgram llevados a cabo por el psicólogo Stanley Milgram, de la Universidad de Yale. Los experimentos comenzaron en 1961, después de que Adolf Eichmann fuera juzgado y condenado a muerte en Jerusalén por crímenes contra la humanidad durante el régimen nazi alemán.  Milgram ideó una serie de experimentos para responder a la pregunta: ¿Es posible que Eichmann y su millón de cómplices sólo siguieran órdenes? Para ello en sus experimentos utilizaba una máquina con la que realizaba descargas eléctricas, mientras uno de los voluntarios daba órdenes, otro las recibía. Si se negaba a hacerlas aumentaban los voltios de las descargas. Se empezaba con 45 voltios, en algunos casos el que daba las órdenes llegaba al límite permitido, 450 voltios, diez veces más. Pues bien, el 65% de los participantes aplicaron la descarga máxima, aunque muchos se sentían incómodos a hacerlo.

O el Experimento de la cárcel de Stanford, que estudió la respuesta del ser humano a la cautividad en una prisión real, y observar los efectos de los roles sociales impuestos por la conducta. Los científicos encargados de este experimento querían probar la hipótesis de que los guardias de prisiones y los convictos se auto seleccionaban, a partir de una cierta disposición debida a las malas condiciones existentes. La película El Experimento se basa en estos estudios reales.

Otro peculiar, y que nos puede servir para Distopia, es el Experimento de Rosenhan, que realizó un estudio, en 1972, sobre la validez en el diagnóstico psiquiátrico, el cual está considerado como una importante crítica a la diagnosis psiquiátrica, introduciendo pseudopacientes sanos en hospitales psiquiátricos.

O, uno de mis preferidos, La Tercera Ola, que realizó Ron Jones, un profesor que dirigió el mismo el experimento con alumnos de secundaria en el instituto Cubberley High School, en Palo Alto, California, que recreaba la Alemania Nazi en sus clases, para intentar explicar a sus alumnos como en la Alemania Nazi los ciudadanos (sobre todo los alemanes no judíos) permitieron que se exterminaran a millones de judíos y otros llamados “indeseables”. La  película La Ola se basa en este experimento.

Y terminamos con uno de mis experimentos favoritos: la selección genética. Los protagonistas viven en una sociedad distópica donde han sido creados a partir del genoma de sus padres (donantes), que es seleccionado genéticamente con el fin de obtener lo mejor de cada uno de ellos, siendo manipulados sus genes para eliminar cualquier posible rastro de imperfección, y no solo estar así libre de todo tipo de enfermedades sino de adquirir esos preciados dones. Una eugenesia similar a la que propone Aldous Huxley en su “Mundo Feliz”, o podemos ver en películas como Gattaca.

También nos sirve la novela Los niños del Brasil de Ira Levin, o su película homónima, donde el Doctor Josef Mengele, conocido miembro del partido nazi alemán, se refugia en Brasil tras la caída del III Reich. Allí consigue la colaboración de un grupo de jóvenes militantes nazis para continuar sus aberrantes experimentos. El americano Barry Kohler se pone en contacto con Ezra Liebermann, un cazador de nazis, cuyas investigaciones lo llevarán a descubrir el escalofriante plan de Mengele, que no es otro que realizar la simulación de 94 copias de Adolf Hitler e intentar que cada uno de los niños tenga las mismas experiencias en la infancia que Hitler, para recrear su psique, hacer un nuevo Hitler y restablecer un nuevo régimen nazi: el IV Reich.

A lo largo de los Capítulos el Narrador irá mostrando información certera de sucesos sobre distintos experimentos científicos que han conmocionado a la opinión pública, y cuya verdad parece ser que siempre ha sido ocultada por un auténtico poder en la sombra, que además, y aquí está la gracia del asunto, es el punto de partida u origen de los dones de nuestro protagonista. Un grupo de gente sin escrúpulos y moral que no ha dudado en experimentar en seres humanos.

Una conspiración al más alto nivel, que de ser cierta, cambiará el devenir y la historia del mundo contemporáneo.

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